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Antonio Rivero Herrainz, profesor de la UPM

30/11/2021

Historia del deporte madrileño (III)

Historia del deporte madrileño (III) Las actividades físicas en que participaban las españolas de finales del XIX y principios del siglo XX se desarrollaron en las grandes ciudades: Madrid, Barcelona y zonas de veraneo, en especial Santander y San Sebastián. Eran en su mayoría actividades elitistas: hípica, críquet, tenis y deportes similares, es decir, actividades restringidas y poco extendidas.

En Madrid, el Club Alpino y el Real Club Puerta de Hierro fueron sus lugares de práctica. También las mujeres del Ateneo y la  Institución Libre de Enseñanza practicaron el excursionismo y participaron en el descubrimiento  de las nuevas rutas por la Sierra de Guadarrama. 

A finales de los años veinte y sobre todo en los primeros  treinta,  el deporte femenino ya empezó a ser practicado por las clases medias, siendo la Sociedad Gimnástica Española la gran canalizadora con sus Semanas Gimnasticas y otras actividades. Aunque sólo en núcleos urbanos importantes, el deporte fue una forma de reivindicar la presencia  y la participación femenina en la sociedad del nuevo siglo.  Ya antes, Emilia Pardo Bazán, indiscutible autoridad femenina, afirmaba que por medio de la educación física, la mujer conseguiría aumentar en estatura y vigor, respiraría mejor y enriquecería su sangre, argumentos similares, a los que utilizaron los “regeneracionistas” que, tras el “desastre del 98”, utilizaron la práctica de la educación física y el deporte como parte de sus soluciones para la mejora de nuestra juventud.  

El debate se centró en los deportes convenientes para las mujeres y los que no debían practicar. Existía la opinión generalizada de que eran beneficiosos: la gimnasia, la marcha a pie, el montañismo, el tenis, el golf, el patinaje, la natación y el remo. La idea era que la práctica deportiva femenina siempre debía ir dirigida a la mejora en los aspectos higiénicos y estéticos que por aquel tiempo se tenían como norma de feminidad, apartándose de los ejercicios de fuerza, resistencia y actitudes violentas, como los  deportes de defensa o incluso de equipo, propios de actitudes varoniles. El objetivo primordial era hacer prevalecer los valores estéticos y dirigidos a la  maternidad. En ese contexto, la cuestión de la vestimenta deportiva femenina resultó especialmente problemática y de interés. Era un asunto importante, que afectaba tanto a la moral, como a las normas higiénicas de práctica deportiva femenina. 

El debate duró mucho tiempo. La prensa deportiva publicó numerosas notas y artículos sobre el tema –especialmente en los años veinte– intentando aconsejar a las primeras deportistas españolas que ropa debían usar, una ropa que fuera cómoda y adecuada para hacer ejercicio físico y que a la vez guardara la normas morales exigidas por la moda femenina de la época. No era, pues, una cuestión de moda; tras el asunto de la elección de una adecuada vestimenta deportiva femenina se debatían en realidad, cuestiones importantes para el desarrollo y la promoción de la mujer en la sociedad. 

La entrada de las  madrileñas en la práctica de los deportes de equipo fue a través del hockey, en clubes como el Atlético de Madrid. En 1931, junto con el primer Campeonato de España de Decatlón, se celebró en Madrid, organizado por la Sociedad Atlética Madrileña, el primer Campeonato de España Femenino de Atletismo, con  atletas de las federaciones catalana y castellana. La celebración de este campeonato indicaba la llegada de una nueva conciencia deportiva. 

Los años treinta traerían, en efecto, una apertura en la  sociedad española, que coincidió con la llegada de la II República, cuya política educativa, cultural y social propició la incorporación de la mujer a nuevos lugares en el orden social. Junto a avances importantes como el derecho a voto, hubo  también actividades  que impulsaban a la promoción social y emancipación de la mujer. En los tiempos de Clara Campoamor, Victoria Kent, Carmen de Burgos o María Zambrano, también aparecieron los nombres de nuestras pioneras: Lili Álvarez (tenista olímpica en 1924, tres veces finalista en Wimbledon, ganadora de  dobles en Roland Garros y gran esquiadora, etc.), Margot Molés (atleta, esquiadora olímpica en 1936 y capitana del equipo de Hockey del Atlético de Madrid) o Aurora Villa (poseedora de numerosos records de España de atletismo, nadadora y fundadora del Club Canoe). Éstas encabezaron el despertar del deporte femenino madrileño que  quedó interrumpido, como otras tantas cosas,  por el inicio de la Guerra Civil, en 1936.

Antonio Rivero, profesor de la Universidad Politécnica de Madrid

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Deportistas nº 93

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